Hemingway y una mítica aventura marítima


Cayo Romano sitio de encanto, con miles de flamencos y grandes dunas arenosas en los ribazos, llenos de cocoteros y uvas caletas, es una de las reiteradas excursiones marinas del escritor.
Las visitas a Cojimar o al restaurante Las Terrazas, donde solía comer el novelista con su amigo Gregorio, el capitán del yate Pilar, nos motivaron a conocer sobre ese gran hombre que supo regalarnos esa bella obra titulada El Viejo y el mar.
En la Boca de Cojímar siempre estuvo el Pilar y su eterno patrón (capitán), el pescador cubano Gregorio Fuentes, en quien encontró Ernest Hemingway (1899-1961), una inspiración para escribir esa fascinante novela. Precisamente fue aquí en Cojímar donde famoso novelista conoció, en 1928 a Gregorio Fuentes (hijo de Lanzarote, en España, donde nació el 11 de julio de 1897, y de Cojímar, en La Habana, donde ha pasado la mayor parte de su vida). Pero no fue hasta diez años después que Fuentes se convirtió en el patrón del yate Pilar, fabricado de caoba y roble, con una eslora de 11,86 metros y manga de 3,65 metros.
La trilogía: Ernest, Gregorio y el Pilar navegaron por los escenarios reales de la otra novela del escritor: Isla en el Golfo.
¿Cuántas veces desde Cojímar inicio escritor norteamericano Ernest Hemingway incursiones hacia el iceberg conocido en el norte de Cuba como Cayería de Romano? Incursiones que permanecían ignoradas, desconocidas, no estudiados hasta hoy, y que tienen una relación con la obra y la vida del autor del Viejo y el mar en la mayor de las Antillas, a lo largo de más de tres décadas.
El escritor Enrique Cirules, quien me revela estos secretos, se ha dedicado a estudiar la presencia de Hemingway en Cuba; sus aventuras y experiencias en el remoto y paradisíaco archipiélago de la zona norte de Camagüey.
Cirules nos narra que Hemingway se aficionó a la fabulosa Habana desde 1929, cuando realizó su segunda escala en la capital cubana, esta vez por espacio de casi dos meses. Por esos días Hemingway conoció a una de las mujeres más esplendorosas e imprevisibles de la época, con las que sostuvo intensos y escandalosos amores.
Estas experiencias le permitieron a Hemingway conformar algunos personajes femeninos, en obras como La breve vida feliz de Francis Macomber, y en la novela Tener o no tener, editada en 1937.


Cirules nos revela además que el mito Hemingway en Cuba no sólo se inició cuando el autor de Adiós a las armas comenzó a adueñarse de calles, plazas, bares, cantinas y restaurantes, hoteles y embarcaderos de la capital cubana; sino a partir de 1930, cuando empezó a realizar expediciones marinas cuyos destinos eran la mítica cayería de Romano; primero con el yate Anita, y su compinche, el contrabandista Joe Rusell, dueño del Slopy Joe de Key West; después en una goleta de dos palos, propiedad de una familia adinerada de La Habana; y a partir de 1934, con el yate Pilar.
Estas continuas navegaciones hacia la cayería de Romano, durante la década del treinta, le permitieron a Hemingway relacionarse con aquella extensa región costera desde una época muy temprana. Fueron parajes que Hemingway comenzó a visitar una y otra vez. Eran sitios de encanto, con miles de flamencos y grandes dunas arenosas en los ribazos, llenos de cocoteros y uvas caletas.
Luego de sus recorridos por los cayos, Hemingway dejaba las ensenadas y caletas de Romano y penetraba en la espaciosa bahía de Nuevitas, echaba el ancla en el embarcadero de El Guincho y se alojaba en alguno de los hospedajes que se encontraban a la orilla del mar.
Eran edificaciones construidas con maderas preciosas, que poseían balcones y terrazas, pisos encerados, y habitaciones con ventanales que daban a los rumores de la mar, a sotavento de la afamada taberna de Agustín el Tuerto. Allí podía beber y comer de todas las exquisiteces marinas, antes de partir en el tren del alba en busca de la mítica Santa Maria del Puerto del Príncipe; ciudad de calles torcidas, adoquinadas, con tantas iglesias y plazas y antiguos conventos.
Era usual, por entonces, que Hemingway y sus compinches recorrieran muy de mañana aquella vieja villa señorial, con sus caserones coloniales, de variadas columnatas interiores, aleros de tejas francesas, y enormes tinajones en los acogedores patios floridos.
Después volvían de nuevo al embarcadero de El Guincho, a los viejos muelles de madera, a las calles de piedras que comenzaban sobre el mismo ribazo, a la sombra de los cocoteros y uvas caletas, a la vista de los almacenes coloniales del puerto, construidos con cales y rocas coralinas, a la pequeña ciudad de San Fernando de Nuevitas que ascendía por la colina, entre los verdores de la vegetación, hasta coronar esa elevación donde se encontraba una antigua iglesia amarilla; iglesia de dos torres, construida a retazos por un maestro catalán.


Fue en el puerto de Nuevitas, en el embarcadero de El Guincho, sobre los ribazos de cayo Sabinal (en aquellos acogedores hospedajes, cantinas, tabernas, hoteles y sitios de mundo) que el escritor entró en contacto con uno de los sitios más fascinantes del Caribe.
Allí, en aquella comarca marina, cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, Hemingway emprendió, con un grupo de amigos y compinches, una de las más insólitas aventuras que escritor alguno haya realizado en el siglo XX: perseguir submarinos alemanes a bordo de un yate de recreo, sobre los cantiles de Romano, por espacio de casi dos años, entre 1942 y 1943.
Enrique Cirules nos reconstruye los antecedentes en los que se inspiró Hemingway para escribir en Islas en el golfo esa apasionada persecución de un grupo de submarinistas alemanes por entre cayos, islas, bajos, canales y canalizos de la región central de Cuba.
Cirules nos habla sobre las operaciones de guerra en el canal de las Bahamas, nos revela la existencia de un tercer submarino alemán hundido en aguas de América durante la Segunda Guerra Mundial.
El combate con este submarino, a tres millas de Faro Maternillos, le sirvió de inspiración a Hemingway para escribir la parte final de su magnifica novela. Todos estos elementos contribuyen a una comprensión más profunda de la personalidad de Hemingway.
Además de estos aspectos, aparecen los mitos y leyendas que rodeaban a la villa de Versalles (ciudad costera fundada a fines del siglo XIX por emigrantes franceses) en la zona más oriental de cayo Romano, sitio que tanto Hemingway conocía; están también, los pescadores de la comarca, incluso los que trataron de negociar con el novelista un antiguo mapa pirata, para inducir a Hemingway a la búsqueda de tesoros perdidos.
En estas historias, nunca antes rastreadas, se encuentran aspectos esenciales que Ernest Hemingway retomó años más tarde para escribir la más autobiográfica de sus novelas: Islas en el golfo.
Por sus investigaciones, Cirules contiene la visión que sobre Hemingway poseían los pescadores, tortugueros, emigrantes, rufianes, viajeros y navegantes, y sobre todo los taberneros de la ensenada de El Guincho, que durante muchos años entraron en contacto con el autor de El viejo y el mar.
Están presentes la famosa taberna de Agustín el Tuerto, a la que a menudo Hemingway recalaba; las evocaciones que se realizaban en un extraño y fascinante hospedaje que extendía sus balcones y terrazas hacia el mar; regenteado por una mujer a la que todos conocían por la «colombiana»; el esplendor de El Gato Negro, el más exquisito restaurante marino de la comarca, el hotel de Filgueras, sitio de festines y jolgorios, al paso de capitanes de navíos, marineros de la Armada, jugadores y fulleros, aventureros y navegantes.
Están el misterio y encanto de La Gloria City y Palm City (ciudades de norteamericanos y alemanes, fundadas a principio de siglo XX en el norte de la llanura camagüeyana), en los días en que Hemingway realizaba sus operaciones de guerra en las costas de este fabuloso archipiélago, con el mayor coto de caza y pesca del Caribe, caballos salvajes, jíbaros, venados, y enormes bandadas de flamencos y garzas, y la siempre cercana y feroz presencia de los tiburones.
A través de una hermosa y cautivante narración, Cirules nos hace imaginar los barcos torpedeados, submarinos hundidos, entre pasiones y aventuras, con el perfil mítico del más universal de los escritores estadounidenses.
Estos elementos, presentes en la vida y la obra del gran escritor norteamericano, que nos revela Enrique Cirules, constituyen un amplio enriquecimiento al universo narrativo que Hemingway abordó en la más espléndida de sus novelas: Island in the Stream escrita en 1947, y que nunca entregó a sus editores .
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3 El escritor, en el testamento, le dejó a Gregorio el yate Pilar. Pero Gregorio no podía garantizar la seguridad del barco y se lo donó a la Revolución y hoy se encuentra en el museo Finca Vigía, en el suroeste de La Habana.
4 Novela de la II Guerra Mundial que se publicó (revisada, corregida, quizá mutilada) 10 años después de su muerte.

1 comentario:

Cristian dijo...

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